Ciclo B

DOMINGO XXVI T.ORDINARIO (ciclo B). 30 de septiembre de 2018

 

Nm 11,25-29: ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!

Sal 18: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

St 5,1-6: Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan.

Mc 9,38-43.45.47-48: “Nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí”.

 

El orden social seguramente más primitivo, la tribu, sostenía unos vínculos muy estrechos entre sus miembros. Sus dimensiones eran reducidas, lo que permitía un trato muy familiar; de hecho la consanguinidad sería frecuente. Cada uno de los componentes tenía un lugar, se veía respaldado y, muy importante, identificado por el resto. Es decir, poseía una identidad que los demás apoyaban y reconocían. Una tarea común en la cual implicaban la mayor parte de su tiempo y esfuerzos, conseguir comida, robustecería aún más su identidad de grupo específico, diferente y completamente delimitado con relación a las demás tribus. Aquí estaba su fortaleza y también sus limitaciones. Cuando la sociedad adquirió mayor complejidad ante un nuevo tipo de vida sedentaria y la aparición de la ciudad, el número de miembros creció mucho, aparecieron nuevos oficios y también se debilitó esa protección tan cercana y familiar que asistía a cada una de las personas y les proporcionaba un reconocimiento, una identidad. Dentro del conjunto más amplio y genérico, surgieron agrupaciones que buscarían esa protección e identificación propia en torno a unos intereses comunes como los laborales (gremios), o los lazos sanguíneos más inmediatos (clanes). Al mismo tiempo surgiría, un grupo de los que no tenían grupo, y que tampoco generaba habitualmente una cohesión entre sus miembros, era, precisamente el grupo o no-grupo de los “des-asistidos”, los pobres, que no contaban apenas o nada en las decisiones y en la vida pública. La gran sociedad, plural, era consecuencia de una apertura que provocó relaciones más ricas, pero dejaba fuera del interés central a muchos.

            El Maestro de Nazaret provocó una nueva sociedad cuya identidad se centraba en el reconocimiento de Jesús como Señor y Salvador. Había creado un nuevo modo de relacionarse que no estaba asociado a una raza (judaísmo) ni a un territorio concreto (ciudadanía) sino a una consciencia de fraternidad en torno a un Dios Padre y por medio de su Hijo Jesucristo. Por una parte esto permitía, cuando se entendía y, más aún, se vivía honestamente, una realidad familiar acogedora, donde cada cual era reconocido y protegido, más allá de su origen, condición social o pertenencias. Por otra parte tenía un carácter de apertura, “católico”, que la hacía de extensión ilimitada, y esto la convertía en susceptible de un enriquecimiento continuo y plural. Las fisuras en la vivencia de la fraternidad llevaba a una fragmentación y repliegue de grupos o facciones dentro del cristianismo primitivo (no para el bien común), en torno a una doctrina (que podía radicalizarse hasta la herejía) o a las posesiones (como censura Santiago). Esta segmentación conducía también a la defensa de unos intereses que ya no eran cristianos, es decir, no eran de Cristo; como un retroceso hasta estadios tribales solo en su parte negativa de cerrazón y hostilidad hacia lo demás no identificado con ese grupo concreto.

            La fe en Cristo conlleva una apertura extrema, que hace reconocer como de Dios todo aquello bueno, verdadero, bello que existe más allá de mí mismo e incluso del perfil cristiano en creyentes de otras religiones o no creyentes, y alegrarse por ello. El cristianismo no retiene al Espíritu de Dios ni lo agota ni lo limita. Nuestra “catolicidad” lleva a considerar las maravillas que causa el Señor en la pluralidad de su acción fecunda. Y esto no se produce mermando la identidad cristiana, sino descubriendo un vínculo más hondo con Él y con la fraternidad eclesial. La identidad propia se hace más fuerte reconociendo la identidad de los otros, que están ahí, que son importantes, hijos de Dios, y esto más cuanto más se reconozca a Dios como el que actúa incansablemente en todos.

            La fractura en esta familiaridad cristiana es apoyada, cuando no originada, por la lengua crítica, un modo de maldición, que renuncia a reconocer a Dios más allá de un círculo de identificación reducido, y quiere secuestrarlo solo para sí. La bendición es la terapia ante veneno que pudre el corazón excluyendo la fraternidad y, por tanto, también a Dios. Si alguien obra el bien, lo hace, aun sin saberlo, en nombre de Cristo y corresponde al cristiano dar a conocer el origen y fuente de la bondad, para no solo hacer, sino también confesar.

            Ojalá y podamos alegrarnos como Moisés del espíritu profético en todos aquellos elegidos, aun cuando algunos no se encontrasen en el lugar indicado. Ojalá y podamos reconocer a Cristo que actúa en todos los que trabajan por la paz y la justicia y reconocer su labor y apoyarla y proclamar que Cristo está allí obrando y que desear que lo conozcan para recibir sus dones con mayor prolijidad y pertenecer a la fraternidad cristiana. Ojalá y nuestras palabras sean de bendición y no de crítica infecunda; y no escandalicemos, sino demos motivos para dar gracias y bendecir al Señor, de quien procede toda bendición.   

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana "Conversión Misionera, Personal y Pastoral" 2018-2019


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