Ciclo B

Adviento

DOMINGO XVIII T. ORDINARIO (ciclo B). 5 de agosto de 2018

 

Ex 16,2-4.12-15: “Voy a hacer que os llueva comida del cielo”.

Sal 77: El Señor les dio un trigo celeste.

Ef 4,17.20-24: No viváis más como paganos.

Jn 6,24-35: No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna.

 

Las fértiles tierras de la vega del Nilo prometen más pan que el árido desierto del Sinaí. De este modo los dioses de Egipto se revelaban más fecundos en alimento que el Dios de Israel. Aunque cabe preguntarse: ¿Para qué abundancia de comida si se toma en esclavitud y no proporciona liberación? ¿Qué queda de magnífico en un Dios que no puede ofrecer más que pan?

            El pueblo de Israel fue conducido a un barbecho seco, sequísimo hasta la desesperación. La desesperanza de pan en lo inhóspito debería abocar a la esperanza en su Dios; cuando menos fe tiene el ser humano en sí mismo, más se ve invitado a tenerla en su Señor. ¿No eran humanos quienes les proporcionaban la ración entre los egipcios? ¿Y qué de humanizador tenía ese alimento vinculado a las cadenas? Tantas esclavitudes se inventan a precio de pan asegurado.

La fe de los israelitas no tendría que quedar retenida por los milagros (tan anhelados) que resuelven las hambres de lo básico a costa de convertir al hombre en un lerdo ante lo sublime y agotarlo en lo ínfimo. Yahvé seguiría siendo tan Dios haciendo florecer hogazas entre las dunas, pero no podría salvar del hombre más que boca y estómago. Mejor hacer germinar del desierto la fe, la esperanza para contemplar y participar de la caridad, de su Dios, tan interesado en su criatura que no se interesa por remedios epidérmicos y superficiales, sino en lo que atañe a sus entrañas, desde donde ha de brotar todo progreso hacia lo más elevado. No es otra cosa que la persona humana partícipe de los dones divinos.

            El milagro de la multiplicación de los panes y los peces había seducido a muchos de los que participaron en aquel banquete solo como posibilidad de pan y de pez a la hora del almuerzo. ¿No entendían que la providencia divina actúa ejercitándose sobre la exigida implicación humana? ¿No les animaba a creer en el banquete mesiánico de un solo Dios invitando a todos los pueblos a la misma mesa en un “festín de manjares suculentos”? Sin pasar antes por esto, ¿cómo iban a entender, aun minúsculamente, el manjar del Hijo de Dios hecho pan?

            Participamos de los mismos deseos de aquellos israelitas, más aterrorizados por la ausencia de la carne de las ollas, que de regresar a la esclavitud. Y desconocemos hasta qué punto nos hacemos vasallos de aquello que da de comer, de reír, de disfrutar, de dormir… a costa de olvidar lo que salva con integridad. Esto provoca, inexorablemente, una despreocupación por la comida de los demás, porque, identificada la salvación con mi propio bocado, sálvese el que pueda y yo el primero. Tiempo habrá de despachar las sobras facilitando a la conciencia su caricia.

            Que no derramó Cristo su sangre para un pan fácil, sino para tomar en Él el alimento de vida eterna. Para hacernos eternos y no mortales de barrigas saciadas; para convertirnos en amigos de Dios, que lo buscan en el desierto, esperanzados en que el Altísimo hace reverdecer el yermo y no descuida el alimento necesario para sus hijitos; menos aún su gracia para que el bocado no sepa solo a hartura de pan, sino a misericordia divina que cuida a los suyos hacia la eternidad y acucia, con resolución de profeta, a preocuparse porque no le falte pan a nadie, ni sitio donde dormir, ni asistencia en la herida… ¿Para qué dejar a Dios lo que puede el hombre en fraternidad? A más fraternidad, más filiación. A más consciencia de paternidad divina, más miga nutritiva bajo el pan. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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