Ciclo A

DOMINGO XXVII T.ORDINARIO (cico A). 8 de octubre de 2017

 

Is 5,1-7: Mi amigo tenía una viña en fértil collado.

Sal 79: La viña del Señor es la casa de Israel.

Fp 4,6-9: El Dios de la paz estará con vosotros.

Mt 21,33-43: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?


            La vid aparece en escena en la Historia Sagrada en un episodio post-diluviano, con Noé. Él bebe su mosto fermentado sin conocer sus propiedades y, de modo accidental, se embriaga. El episodio deja constancia de la antigüedad de la planta y de su vino. La interés de los antiguos (y de los modernos) para reservar un terreno y esfuerzos y dinero para el cultivo de la viña, no estaba en obtener su fruto como alimento, sino en alargar el proceso y que el racimo no se detuviese en solo postre. El resultado deseado, el vino, se servía también en la mesa del banquete como condimento fundamental de la fiesta. Por ello, la viña y cada una de las vides que la conforman tiene un carácter celebrativo y, al mismo tiempo gratuito: no hacen falta para la alimentación, son un regalo para festejar la vida.

            De nuevo proporciona el Maestro una enseñanza por medio de la imagen de la viña. No podemos imaginarnos los campos de Palestina sin vides, ni concebirse la historia del Pueblo de Israel sin sus viñas y su vino. Ni en tiempo de Jesús ni en la época de los profetas. Hay que insistir en lo gratuito de la existencia de las viñas, que no aspiran a alimentar a los hombres, a satisfacer una necesidad básica y urgente, sino a participar en la fiesta y estimularla.

Al igual que en la parábola del domingo anterior, donde un propietario contrataba jornaleros a distintas horas del día para trabajar en su viña y que, al final de la jornada cobraban todos los mismo, también ahora no es la viña el protagonista ni su fruto, sino los trabajadores. El mismo Jesús apunta, al final del relato, que la parcela de cepas es el Reino de Dios y los labradores el Pueblo de Israel. Es fácil de entender, por tanto, que el propietario es Dios Padre, los siervos enviados son los profetas y el hijo asesinado Jesucristo. Israel no ha querido entregar los frutos de una viña que no es suya ni ha plantado ni ha habilitado para su prosperidad y su fruto final. Su cometido es guardarla, hacer que produzca fruto y entregárselo a su amo, que contrató a los labradores. El relato presenta una pequeña contradicción, pues mientras que en la parábola refiere que no quieren entregar el fruto al señor, al final, en su explicación, el Maestro habla de “producir frutos”. En todo caso, ambas cosas significan lo mismo, porque indican un resultado similar: el dueño de la viña no recibe el fruto esperado por la resistencia de los arrendatarios, y, por tanto, se queda sin uva para producir el vino de la fiesta. La consecuencia es que: sin uva no hay vino, sin vino no hay celebración. Y sin celebración, no puede invitar al banquete. Pero además, la agresividad de los labradores para maltratar a los siervos y asesinar al hijo, muestra el interés por quedarse con una viña que no es suya. Se creen propietarios y, para legitimar su robo, acaban con enviados del verdadero amo. ¿Qué harán ellos con el vino obtenido de la viña? ¿Qué van a celebrar? ¿A quién van a invitar? No se dan cuenta de las consecuencias de su egoísmo y su maldad.  

            Si queremos celebrar la vida, cuyo momento culminante es este banquete de la Eucaristía, tenemos que trabajar las vides del Reino dispuestas en nuestra historia cotidiana, conscientes de que el campo y sus plantas no es nuestro, sino del Señor, y que los frutos no son nuestros, sino del Altísimo. Y que pretender arrebatarle su fruto para un uso particular y egoísta lleva a acabar con el banquete que solo Dios puede preparar para todos y no hacer caso y maltratar a sus enviados para entregar lo debido. El homicida se convierte irremediablemente en deicida, atacando al Hijo que viene a recoger los frutos del Padre para preparar el banquete de la Vida, la Eucaristía. Sin embargo, ese sacrificio del Hijo amado, como si se tratase de una nueva vid, es convertido en fruto nuevo para el nuevo vino. Él es viña de nueva cepa, y labrador y fruto que el Espíritu ha transformado en vino nuevo para la celebración de la Vida eterna. Quien se resista a trabajar o entregarle los frutos a Dios en esta nueva viña que es su Hijo, y hacerlo al modo que lo ha hecho Él, con la entrega de la vida, se estará excluyendo del banquete de la vida. Quien se endurezca y no haga caso y rechace a cualquier de estos pequeños, enviados por el Señor, estará agrediendo al mismo Hijo de Dios.

¿Qué vamos a celebrar de mayor hermosura y eficacia sino este banquete humano y divino, para el que el Padre nos pide que trabajemos y entreguemos los frutos a su tiempo?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana El Acompañamiento personal, Espiritual y Pastoral

La Voz de Papa Francisco

Xtantos