Ciclo A

DOMINGO XXVI T.ORDINARIO (ciclo A). 1 de octubre de 2017

 

Ez 18, 25-28: ¿Es injusto mi proceder?

Sal 24,4bc-5.6-7.8-9: Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.

Fp 2,1-11: Pasando por uno de tantos.

Mt 21,28-32: “¿Qué os parece?”.


            Frente a la idea de que existe una especie de designio o destino irremediable impuesto sobre cada persona (así lo entendían los griegos de la antigüedad), la doctrina que predica el profeta Ezequiel advierte de la soberanía absoluta de toda persona para decidir su propia historia en la cuestión más decisiva: el bien o el mal. Los pasos avanzados en el camino científico, el conocimiento de los fenómenos y el estado de bienestar, no nos han hecho superar la idea de esa fatalidad que prácticamente anula nuestra libertad. Profetas de actualidad nos recuerdan que estamos tan atados a nuestra biología, entorno social, experiencias tempranas o secreción hormonal, que la franja para las decisiones libres queda reducidísima. Así se gesta la renuncia a lo más sagrado, la libertad, la capacidad para escoger nuestra meta, para preferir la plenitud al vacío, la vida a la muerte eterna. La rebeldía de Ezequiel nos zarandea hoy. Por medio de una paradoja impactante: el justo puede perderse en el último instante y el malvado salvarse. Pretende sobre todo ensalzar el valor de la libertad humana.

            Todo momento puede ser la confirmación de un pasado impertérrito o  el inicio de algo completamente novedoso. El rumbo lineal o el viraje rotundo lo elegimos nosotros. Ninguna vida está completamente terminada hasta después de la expiración, hasta que, precisamente, se arroja el último aliento de vida. Lo cual nos deja en una situación de constante apertura, dependiente de nuestras decisiones, y que nos asoma a dos advertencias:

  1. Primero: el sí ha de ser ratificado constantemente con lo que elegimos, confirmando aquello que escogimos como opción vital, como finalidad de lo que queremos ser.
  2. Segundo: todo instante es susceptible de convertirse en una realidad novedosa. El no muchas veces repetido, puede quedar como anulado por un sí repentino.

El sí de los sumos sacerdotes y ancianos que critica el Maestro, era una respuesta formal ante una vida que, de hecho, negaba a Dios con su actitud. Nadie puede decir “me he ganado el cielo”, “ya estoy salvado”; porque la salvación es una invitación de Dios y no un logro personal, y porque el sí a Dios y a la vida de toda persona exige un ejercicio de libertad que no se distraiga o cese por pensar que uno ha cumplido con su parte.

El no de publicanos y prostitutas se cambió por un sí. El arrepentimiento muestra con claridad la capacidad de la libertad para lo nuevo, para reconocer la negación al proyecto de Dios, el mal cometido y buscar su voluntad, elegir el bien.

La invitación de san Pablo en este himno antiquísimo recogido en la carta a la comunidad de Filipos, es a tener los mismos sentimientos de Cristo. Siendo Dios, asumió la condición humana, y en Él todo fue sí, con palabra y con obra. El sí a la vida le llevó a entregarse en sacrificio por todos. Acercándonos a sus mismos sentimientos descubrimos la belleza del amor divino hecho carne, ante el cual cualquier “no” aparece como una agresión de fealdad. Mirándolo a Él contemplamos el “sí” en toda circunstancia y nuestro mismo interior es seducido para apetecer escuchar y aceptar alegría la voluntad de Dios Padre que nos pide acudir a su viña. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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