Ciclo A

DOMINGO XIV T.ORDINARIO (ciclo A). 9 de julio de 2016

 

Zac 9,9-10: “Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica”.
Sal 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Rm 8,9.11-13:Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros.

Mt 11,25-30: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.  

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¡Cuántas cosas para contarle al Padre!

A la hora de decirles a nuestros padres, les expresamos nuestras experiencias: lo que hemos hecho, lo que hemos dicho, con quién nos hemos encontrado, cómo nos sentimos… Cuando hay comunicación abierta y sincera brotan nuestras emociones y sentimientos, y manifestamos lo que nos alegra y nos preocupa.

¡Cuánto tenía para decirle Jesucristo a su Padre! El éxito de sus milagros; la afluencia de judíos a escuchar sus palabras; La terquedad y dureza de corazón de los judíos, sus enfrentamientos con los fariseos, la indiferencia de los saduceos… Y, sin embargo, no pronunció ninguna queja. Prefirió las gracias y gracias a Dios Padre, porque ha ocultado “estas cosas de la intimidad divina a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla” y así le ha parecido mejor.

Lo que afecta la sensibilidad del Maestro es la delicadeza de su Padre para dar a conocer lo que sucede en el hogar trinitario a la gente menuda, humilde, sin relevancia. Si Cristo habló a muchos y su mensaje solo caló en unos pocos, se maravilla no de la cerrazón de los muchos, sino de la apertura de ese grupito de pequeños, que ha acogido el mensaje de Dios.

¿Qué deja impresión en nuestra sensibilidad? Sin pretender una definición académica ni rigurosa, trato aquí de la “sensibilidad” como aquella capacidad para que algo nos afecte, habiendo generado una disposición y unas destrezas en torno a ello. En algunos casos viene dado por naturaleza, en la mayoría de las ocasiones requiere un trabajo esforzado y de tiempo, donde, a través de los sentidos, la persona se hace receptiva a ciertos estímulos, los asimila y responde de un modo determinado. Por poner un ejemplo: la destreza de un músico, digamos que de un violinista por concretar el oficio, llevará un bagaje de largas horas de estudio y de ensayo. Los dedos, las muñecas y los brazos se han habituado a uno determinada posición y movimientos que ya ejercen de forma espontánea. Los dedos tocan la madera y la cuerda como algo completamente familiar; la partitura se lee de corrido y la música se emite con verdadero deleite. Toda música que llegue también sus oídos tendrá una especial recepción. El cambio de humor, el vaivén de emociones, ni siquiera la enfermedad pueden apagar esta sensibilidad, que forma parte integrada de la persona. Eso sí, tras mucho trabajo y tiempo.

Los sentidos de Jesús estaban capacitados no solo para ver, escuchar, oler, gustar, palpar… sino para percibir lo más exquisito. Llegaban a la realidad más honda, donde se descubría al Padre que perdonaba y al hombre necesitado de misericordia, a los corazones desorientados, y los que ponían resistencias al amor de Dios. Y así, tan espontáneamente, le brotan las gracias a Dios Padre por algo tan maravillosamente pequeño, porque lo descubría ahí entre los humildes.

 

       Nuestra fe no es cosa solo de razones, tiene que ver mucho con nuestro afecto y nuestra sensibilidad. Pero esto requiere ejercicio. Podemos comenzar revisando aquello en lo que implicamos la mayor parte de nuestro pensamiento y el contenido de nuestras percepciones. ¿Tendemos más a quedarnos con la tristeza que con la alegría, con la crítica que con la comprensión, con el resabio que con la misericordia? No engañaba el Señor cuando prometía yugo llevadero y carga ligera. La sensibilidad evangelizada tiene tanta o más fuerza que las razones e invita a disfrutar hasta las raíces de la vida, donde se contempla a Dios sonriendo y acogiendo, exhortando y animando, amando y amando. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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