Ciclo A

DOMINGO VI de PASCUA (ciclo A). 21 de mayo de 2017

 

Hch  8,5-8.14-17: Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Sal 65: Aclamad al Señor, tierra entera.

1Pe 3,15-18: Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones.

Jn 14, 15-21: El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré.

 

Sobrepasando el territorio de los familiares cercanos, entre los que hemos aprendido los fundamentos, y, ante todo, hemos recibido información sobre quiénes somos, un segundo paso lleva a conocer a otros, distintos a la familia, con los que nos abrimos al mundo y entendemos un poco más sobre nosotros mismos. Estos son los amigos.

Con los amigos se comparte una porción de nuestra vida. Se comparte del trabajo, del juego, del ocio, de los intereses y aficiones, de las cosas menudas del día a día… A más amistad, más compartir; cuanto más amigo, más entrega transparente de lo que uno es. A más amistad, más conocimiento y aceptación del amigo, tal cual es. No se trata solo de tener información sobre una persona, sino de conocer, que implica amar; por eso, a más amistad, más amor, y menos riesgo de esperar de la otra persona lo que no puede ni debe dar, menos peligro de manipulación del amigo o de injerencia en lo que no le corresponde. La amistad ha de llevar a que cada uno de los amigos se manifieste como es y dé lo que tiene, y comparta lo que pueda compartir. Todo ello con generosidad, sinceridad, confianza y alegría. Sin preocupación por dominar o controlar ni miedo a la invasión o a la decepción. En una sincera relación de amistad se puede decir con tranquilidad de uno mismo: “esto es lo que hay” y saber que el amigo cuenta con ello y lo valora y lo ama.

¿Para qué amistarnos con Cristo? Él tuvo la iniciativa. Se acercó a nosotros y nos ofreció lo que tenía. Nos hablaba de sus alegrías y preocupaciones. No tenía más alegría que el Padre ni otra preocupación que el Padre. Al hablarnos así no hace otra cosa que contagiarnos de su relación con Dios Padre, para que aprendamos sobre el origen de nuestra vida y su culminación, para que sepamos quiénes somos, para que participemos del amor del Padre y el Hijo y cumplamos sus mandamientos. ¡Cuánto recibe su amigo, el que presta el oído para escucharlo! Su vida se convierte en un encuentro con el amigo, y no dejará de expresar por donde vaya la alegría de su amistad con Jesucristo.

¿Qué podíamos nosotros ofrecerle a Cristo en nuestra amistad con Él? Es justo que en la amistad uno y otro amigo ofrezcan lo que puedan. Él nos habla del Padre y nos da el Espíritu Santo, el Paráclito, para que estemos acompañados por la fuerza, el poder, la gracia de Dios. Nosotros… apenas llegamos a darle las gracias, apenas disfrutamos los bienes concedidos, apenas descubrimos el amor del Padre y el Hijo y apenas lo vivimos, apenas comprometemos nuestra vida en la construcción de su Reino. Y por eso, lo que más se repite en ofrenda hacia Él es nuestro “apenas”, como la pequeña respuesta necesaria en la amistad. Él no quiere otra cosa. No podré dar más, pero doy cuanto tengo; no podré hacer más, pero hago cuanto está en mis manos. El Espíritu Santo acaricia ese “apenas” y lo llena del poder divino para que ahí se produzca el milagro del grano de mostaza: de lo pequeño Dios consigue grandezas.

La pequeñez a la que se ve sometido uno que es calumniado y sufre, nos habla de ello la primera carta de san Pedro (1Pe 3,15-18), es momento para dar razón de nuestra amistad con Él con paciencia, mansedumbre y delicadeza, con perdón y dominio de sí. Esto es posible por el Paráclito, el Espíritu de la Verdad, que nos revela la verdad más íntima sobre Dios y nosotros; que nos descubre la realidad como el plan de salvación del Señor y que nos empuja a glorificar a Dios dando razón de nuestra esperanza. Por eso acudieron los apóstoles Pedro y Juan a Samaria para imponer las manos sobre los samaritanos a los que había evangelizado el diácono Felipe. Habían recibido el bautismo en nombre de Jesucristo, pero no el Espíritu. El relato nos acerca a lo que hoy nosotros llamamos sacramento de la Confirmación. Era necesario que el Espíritu Santo bajara a ellos, porque era un regalo del Amigo, para que lo conociera más y estuvieran más con Él como sus testigos en el mundo.

 

El amigo lleva a su amigo consigo donde vaya; le dio cobijo en su corazón y estará a su lado mientras siga latiendo. Ya estamos en el corazón de nuestro Señor. Nuestro testimonio de Jesucristo resucitado mostrará en qué medida está Él en el nuestro. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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