Ciclo A

DOMINGO II DE PASCUA (ciclo a). De la DIVINA MISERICORDIA. 23 de abril de 2017

 

Hch 2,42-47: Los hermanos eran constantes en escuchar la palabra de los apóstoles.

Sal 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

1Pe 1,3-9: Nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

Jn 20,19-31: ¿Porque me has visto has creído?

 

Para cerciorar la muerte de Jesús no hizo falta un dedo sobre sus llagas ni una mano hurgando entre sus heridas. Un soldado lo certificó atravesando su carne. Para el resto quedó claro. Como clara queda la muerte de cualquiera con poco que reconozcamos unos cuantos síntomas o, mejor dicho, la ausencia de todo síntoma de vida. Y posiblemente nos hemos hecho más sensibles a la muerte que a la vida, porque hemos de invertir menos sentidos para ello; la cosa nos parece clara.

Si Tomás era un incrédulo para creer seriamente la resurrección de Jesucristo (y en esto posiblemente no era diferente a los demás apóstoles), era porque se tomaba demasiado en serio la muerte. Esta no necesita evidencias, simplemente está, y nos vemos afectados con una sensibilidad finísima en todo cuanto nos mortifica: el cuerpo no nos responde o se va resquebrajando, provocando molestias y dolores; aquellos con quienes compartimos la vida cotidiana incordian con sus actitudes, comentarios o formas de ser; la incompetencia y la malicia supuran de cualquier institución y sus empleados; los tiempos que vivimos llevan el nombre de la catástrofe… Sin esfuerzo se encuentran colegas para el lamento común, dejándolo todo detenido en su miseria y nosotros afincados en nuestro valle de lágrima perpetua.

Tomás tenía muchos motivos para dejar a su Maestro recluido en su sepultura, pero eran los suyos. Su sensibilidad se había desensibilizado a una realidad más contundente que la muerte, con una evidencia solo para creyente. Sus compañeros, apóstoles como él, pretendieron horadar la carcasa de escepticismo con un anuncio a coro: “Ha resucitado”. Toda la Iglesia naciente le insistía en la nueva realidad y él no cedió más allá de su propia percepción. El resucitado provoca una certeza universal de vida frente a nuestras realidades que han establecido su frontera en el sepulcro. La fe en la resurrección requiere una especie de salto a un abismo donde se prescinde de las evidencias habituales, de la seguridad de la mano y el ojo para ver y tocar, y se da crédito al testimonio, a la palabra de quienes son testigos de la gloria de Dios.

La Iglesia continúa tenaz con este anuncio conservado y transmitido desde aquel testimonio apostólico. La realidad de la Resurrección de Cristo es la pieza clave y definitiva para la vida cristiana. Y no obstante, entre los cristianos asoman no pocas veces ideas rivales de este triunfo sobre la muerte del Resucitado  dándole más crédito a la pervivencia de una alma sin cuerpo, a la reencarnación o a la confesión escéptica y paupérrima de que “algo habrá”. ¿Y en qué sensibilidad se fundamenta cada una de estas afirmaciones? Cuanto menos costumbre haya de celebrar y creer en comunidad, más pluralidad de distorsiones sobre la persona de Cristo, que no tienen otro fundamento que el propio parecer. Sobrepasar la frontera de lo que siento y pienso para darle crédito al mensaje proclamado por la Iglesia es la garantía para reconocer al Resucitado presente y activo, aunque haya sentidos (como el ojo y la mano) que se queden un poco disconformes. Pero no podemos limitar nuestra fe a la afección de nuestros sentidos, cuando lo que se nos pide es abrir el oído, escuchar la Palabra y acogerla con crédito para que ella ilumine nuestra vida; la realidad que se acepta, la de la Resurrección, atrapa por completo iluminando con una certeza que aclara nuestra existencia con una coherencia superior a nuestras razones. Tomás aprendió a posteriori y nos ha dejado, no tanto un ejemplo de incredulidad, cuanto el paradigma de tantos atenazados por sus propias ideas que resisten a la proclamación eclesial de Cristo glorioso. La misericordia de Dios tiene también el nombre de la Iglesia que la anuncia y vive. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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