Horario San Roque y San Isidro

Adviento

DOMINGO XXVII T.ORDINARIO (B). 4 de octubre de 2015

 

Gn 2,18-24: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”

Sal 127,1-6: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Hb 2,9-11: No se avergüenza de llamarlos hermanos.

Mc 10,2-16: Ya no son dos, sino una sola carne.

 

 

Entre los detractores y los seguidores de Jesucristo, fariseos y discípulos, apenas había distancias en ocasiones. Este relato de Marcos es un ejemplo de ello. Existe una clara distinción en el relato de dos partes: una referida a la cuestión del divorcio, expuesta por los fariseos y respondida por Jesús; y otra con el pasaje del acercamiento de los niños al Maestro y su bendición sobre ellos. Dos narraciones de temática muy diferente y, sin embargo, con fuertes vínculos de unión.

            Parecía que Moisés había dejado aclarado el asunto concerniente al divorcio. La ley judía lo permitía basándose en Dt 24,1: “Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa”. Pero quizás no habían de tenerlo tan claro los judíos de la época de Jesús, cuando estos fariseos que se acercan a Jesús toman el tema del divorcio como excusa para ponerlo a prueba. Un sí al divorcio suponía decantarse por una solución que facilitaba dejar en desamparo a la mujer, la parte más débil en este ámbito; un no al divorcio significaba enfrentarse con la misma ley de Moisés, algo muy poco piadoso.

            La respuesta tiene una dimensión que supera a la misma pregunta. Los fariseos se ciñen a una ley motivada por una circunstancia particular y que Jesús se encarga de recordar: “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto”, por su dureza de mente y de corazón. En cambio en el relato de los orígenes, también atribuido a la redacción de Moisés (según la tradición judía todo el Pentateuco), aparece la situación originaria, donde se observa una unión primordial con la misma creación del varón y la mujer, y no se contempla la posibilidad del divorcio. Es más, se produce una unión de algún modo sagrada, puesto que es Dios mismo el que une y con tanta fuerza que el ser humano no la puede desatar.

            ¿Qué sucede pues? La realidad original que parte de Dios es la comunión entre el hombre y la mujer, y esto es lo que hay que cuidar y fortalecer. Cuando no se protege esto, entonces se recurre a otras leyes donde no se mira a lo que Dios quiso y quiere para el ser humano, fundamentado en el amor y la armonía, sino en el conflicto que no se busca solucionar, sino, simplemente, extirpar. Es decir, el repudio conyugal legalizado es el resultado de la pérdida de interés por cultivar el misterio de Dios puesto en esa unión. Se evita la razón divina y universal para la unión por unas razones personales y coyunturales, muy apegadas a las vísceras. La ley a la que se amarran los fariseos es el movimiento provocado por los que quieren justificar sus propios impulsos y motivaciones como si fuesen aprobados por Dios. La arrogancia es superlativa: se olvida la ley originaria de Dios, se establece otra ley humana y se le hace a Dios responsable de ella.

            En el caso de los discípulos de Jesús, que tampoco entendían la severidad del Maestro sobre la indisolubilidad matrimonial,  nos encontramos con una escena entrañable de unos niños que se acercan a Jesús, posiblemente acompañados de sus padres, para que los tocara. La actitud de los discípulos, regañando a los niños, manifiesta una reacción incomprensible. ¿Por qué obran así sin motivos? De nuevo una reacción visceral con otra ley por medio: no la de Dios, que se encarga de expresar el Maestro, sino una humana donde se resalta una situación de dominio y preeminencia. En el sentir popular los niños ocupaban un nivel inferior al de los adultos, y los discípulos así lo creen y así lo ejercen con un aire de prepotencia. Otra ley por encima de la ley del amor originaria de Dios.

            Dos principios fundamentales de la misericordia divina: la complementariedad en el amor entre mujer y hombre en el matrimonio, donde se hacen una sola carne, y podríamos decir también que en otros ámbitos de relación donde varón y mujer se encuentran; y la exclusión de dignidades de poder con la atención preferencial por los débiles. Lo hallamos en Jesucristo, que “no se avergüenza de llamarnos hermanos” y trabaja en orden a nuestra perfección y salvación, solo posible desde el cumplimiento de los mandamientos originarios del Señor.

Mirándonos a nosotros mismos, ¿cuántas leyes hemos creado que ponen limitaciones e incluso pretenden anular el amor de Dios sobre nosotros y la implicación en una fraternidad? 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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